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Sólo después de afianzada la población en el litoral oeste del Puerto de Carenas, y de consolidada su condición como puerto de escalas del sistema de flotas, astillero y lugar para el abastecimiento y hospedaje de las tripulaciones que surcaban el Atlántico en los viajes de ida y vuelta a la Metrópoli, se constituyó un tejido urbano con características peculiares: manzanas irregulares, calles estrechas y parcelas profundas y alargadas a causa de sucesivas subdivisiones. Dentro de este contexto urbano en constante cambio, el espacio público por excelencia de toda ciudad colonial hispanoamericana, la Plaza Mayor, generadora de calles y manzanas, y rodeada por el tríptico de los poderes eclesiales, política y económica (Iglesia, Casa de Gobierno y Mercado) no tuvo en La Habana la importancia de otras ciudades de América. Antes bien, la ausencia de una Plaza Mayor en toda propiedad, tempranamente devenida lugar para realizar ejercicios militares, y la redistribución de sus funciones en un complejo de plazas interconectadas entre sí, es uno de los rasgos más relevantes de su trazado urbano.

Frente al centro inamovible, estable y unívoco en su simbolismo que representan las plazas en Ciudad México, Lima o Buenos Aires, capitales de los grandes virreinatos españoles en América, la ciudad en creciente expansión que era La Habana de los primeros tiempos coloniales, proclamó una estructura urbana policéntrica que impidió la conformación de un espacio central hegemónico. A ello se unió una densa red de plazuelas asociadas a monasterios, templos y conventos, muchas de las cuales se concentran a lo largo de las calles Cuba (Santa Clara, Espíritu Santo, La Merced) y Compostela (Santo Ángel, Santa Teresa, Belén).

Esta distribución de las funciones conllevó a un descentramiento de la representación de los poderes urbanos en tres focos principales: la Plaza de Armas, la Plaza Nueva y la de San Francisco. La primera simbolizaba el poder militar y la jefatura política de la Isla expresada en el castillo de la Real Fuerza, sin desdeñar el peso de la actividad religiosa representada por la Parroquial Mayor; la segunda el poder civil y económico, agrupándose alrededor de ella las actividades del mercado, y la tercera el poder religioso a partir de la preeminencia de la orden franciscana. Estas funciones, sin embargo, debemos verlas con un carácter histórico y considerar su variación en el tiempo, pues una vez trasladado el cabildo y la casa del gobernador hacia San Francisco, gravitó hacia allí la jerarquía política, mientras desaparecía la religiosa en la Plaza de Armas tras la demolición de la Parroquial.

Con posterioridad a este tríptico inicial, se añadieron en el siglo XVII la Plaza de la Ciénaga, luego de la Catedral, y la del Santo Cristo del Buen Viaje, en los confines del recinto fortificado.

Antes de finalizar el siglo XVIII, como parte del proceso de renovación urbana emprendido en la ciudad, se construyeron las alamedas de Paula e Isabel II o de Extramuros (hoy Paseo del Prado), ambas diseñadas para el recreo y expansión de sus vecinos. El espacio que dividía las dos secciones del paseo del Prado, actual Parque Central, surge como lugar privilegiado de la nueva zona en expansión después del derribo de las murallas, iniciado en 1863.









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Oficina del Historiador de La Habana