Calles
 
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Calles

Aun cuando la villa de San Cristóbal de La Habana no reprodujo desde sus orígenes el patrón urbanizador hispano, el trazado en damero de sus calles -con sus manzanas cuadradas y rectangulares-, siguió en líneas generales las ordenanzas emanadas de la Metrópoli. Para 1573, el monarca Felipe II disponía la fundación de nuevas ciudades en sus posesiones americanas previendo una "planta con plazas, calles y solares a cordón y regla empezando por la plaza mayor, sacando las calles a las puertas principales dejando espacio previsto para crecimiento (…)".

Durante las primeras décadas del siglo XVI el trazado de las calles habaneras siguió el sentido de los puntos cardinales, a pesar de lo cual fue palpable la asimetría y falta de paralelismo entre ellas. El crecimiento hacia el sur se dio inicialmente a través de las calles Oficios y Mercaderes, que eran las más próximas al puerto. En dirección al oeste se expandió por la calle Real (hoy Muralla), que comunicaba con la periferia por el antiguo camino de San Antonio Chiquito (hoy Calzada de Reina). En lo adelante el desarrollo norte-sur se produjo por las calles Cuba, Habana y Compostela, que resultaron las vías más largas del núcleo urbano. Hacia 1575 ya existían en la villa cuatro "calles reales", otras secundarias y una plaza pública (la Plaza de Armas).

En 1603, el proyecto del ingeniero militar Cristóbal de Rodas para amurallar la ciudad puso al descubierto el trazado irregular de las vías y la escasa geometría de sus manzanas. Las nuevas alineaciones fueron construidas conforme al plano de Rodas, que en su mayor parte son las que han llegado hasta nuestros días.

El historiador José Martín Félix de Arrate al describir la ciudad a mediados del siglo XVIII expresaba que "la planta de esta ciudad no es de aquella hermosa y perfecta delineación que según las reglas del arte y el estilo moderno contribuye tanto al mejor aspecto y orden de los lugares y desahogo de su habitantes, porque las calles no son ni bien anchas ni bien niveladas, principalmente las que corren de Norte a Sur, que es por donde tienen su longitud la población, pero como casi todas gozan de un mismo ancho, pues ninguna baja de ocho varas, y hay muy pocas cerradas, ni enteramente oblicuas o recodadas..." 

Luego de la evacuación de las tropas inglesas en 1763, y durante el gobierno del Conde de Ricla, se dividió la ciudad en barrios, se numeraron las casas y se dieron nombres a las calles. Antes de finalizar el siglo, como parte del proceso de renovación urbana emprendido en la ciudad, se construyeron las alamedas de Paula e Isabel II o de Extramuros (hoy Paseo del Prado), ambas diseñadas para el recreo y expansión de sus vecinos.

El estado de las calles fue el gran desvelo de las autoridades coloniales, sobre todo durante la temporada lluviosa, cuando se volvían intransitables. Lograr una solución definitiva tomó considerable tiempo, a los ensayos iniciales "con chinas rodadas y arroyo en medio" —a decir del escritor Cirilo Villaverde— le sucedió la pavimentación con madera, desechada por su poca durabilidad y alto costo. Fue el gobernador Miguel Tacón quien inició el adoquinado de las calles con sistema Mac Adam (superficie de piedra machacada y apisonada), que aunque más duradero tampoco cumplió las expectativas. A fines del siglo XIX se pavimentaron con adoquines de granito y se generalizó el uso de aceras. Finalmente, fue en las primeras décadas del siglo XX que el asfalto cubrió las centenarias calles.

La fisonomía nocturna de las calles comenzó a cambiar desde fines del siglo XVIII, con la instalación del alumbrado público durante el gobierno del capitán general Joaquín de Ezpeleta (1787), el cual se generalizó en el gobierno de Luis de las Casas (1790-1789), cuando se colocó un farol de vidrio en cada manzana.

De los nombres de las calles

Las calles no recibieron denominación oficial del Cabildo durante los primeros siglos, así que fueron los propios vecinos quienes se encargaron de nombrarlas atendiendo a sus características, uso o el nombre de un ilustre vecino. Así, la calle Inquisidor se conoció como de las Redes, O’Reilly, como Honda o del Sumidero, y Amargura como de las Cruces. Compostela tomó su nombre del obispo que vivió y construyó los templos que se asentaron en ella, Chacón del regidor que defendió la ciudad en 1762 durante el sitio de los ingleses, Cuarteles por los de San Telmo y de la Artillería, que flanqueaban sus extremos, y del Empedrado por haber sido la primera cubierta con "chinas pelonas". Muchas de nuestras calles tuvieron más de un nombre, y en algunos casos muy pintorescos, como Aguacate, Baratillo, Lamparilla o Tejadillo.

En 1860, por acuerdo del Cabildo del 27 de julio, se determinó cambiar los nombres a las calles que lo tenían repetido, variar aquellos que resultaban "ridículos" y nombrar las que no tenían, para lo cual se recurrió a nombres de poetas y militares famosos por su lealtad y servicio a la corona. Entre los cambios, tal vez el más llamativo fue la sustitución de la antigua calle del Ataúd por Espada, en honor al insigne prelado; el de Nueva del Cristo por Cristo; Nueva de San Isidro por Velasco; Callejón de Bayona por Conde; Callejón de Sigua, por O’Farril; Nueva y Sola, por Fundición; o, en extramuros, Jesús María, por Revillagigedo.

La última rotulación se hizo en 1937 durante la alcaldía de Antonio Beruff Mendieta, dando cumplimiento a un Decreto Ley de 17 de enero de 1936, que regulaba la denominación de las calles y restituía los nombres antiguos, cambiados —muchas veces de manera arbitraria— desde el cese de la dominación española.

Aún hoy, varias calles del Centro Histórico son conocidas popularmente con un nombre distinto al establecido oficialmente, entre ellas el Paseo del Prado (Paseo de Martí), Agramonte (Zulueta) y Avenida de Bélgica (Monserrate), en extramuros; o Brasil (Teniente Rey) y Leonor Pérez (Paula), en la antigua zona intramuros.









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